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La necesidad de compartir

Compartir completa el ciclo que se inicia con la creación.

Para la mayoría de artistas que conozco, el impulso de crear, lejos de ser una elección, es una necesidad incontrolable e irreprimible.

A medida que la energía se acumula en nuestro cuerpo –derivada de nuestros pensamientos, sentimientos y emociones– ésta crea una resonacia vibratoria que busca resolución y si ésta no es liberada, puede volverse incómoda. Lo que nos hace artistas es que hemos aprendido –conscientemente o no– a soltar esa energía y transferirla a nuestro arte. En cierto modo, nuestras creaciones se convierten en un registro energético de nuestras experiencias individuales, de los altos y bajos de nuestro viaje de descubrimiento por la vida.

Si bien el proceso de creación de una obra es intensamente personal –para muchos realizada en soledad y en un estado de “fluir” desconectado de todo excepto la obra misma– este proceso se mantiene incompleto si la obra no ha sido compartida.

Conectar con otros y compartir la energía única de nuestra obra es un impulso tan imperioso como aquel que hizo realidad su creación. Esta segunda fase de compulsión exige que la obra sea mostrada y que obtenga algún tipo de respuesta de los demás, sólo así el ciclo puede ser cerrado y su energía liberada.

Si bien el proceso de creación de una obra es intensamente personal, este se mantiene incompleto si la obra no ha sido compartida.

Cuando mostramos a los demás la pieza que hemos creado, ésta empieza una nueva vida y establece sus propias relaciones, mientras nosotros como creadores nos liberamos de la deuda que teníamos pendiente. Esta liberación trae consigo alegría, satisfacción y el gozo de la finalización, y como creadores, tras soltar finalmente ese peso que cargábamos, adquirimos más libertad para continuar creando.

A pesar de que mostrar nuestro esfuerzo creativo requiere valentía –ponemos en juego una gran parte de lo que somos y nos arriesgamos a ser ignorados o ridiculizados– somos un tanto irracionales pues nuestras compulsiones nos llevan a seguir adelante sin freno alguno, a mantenernos fieles a nosotros mismos y a nuestro arte.

Mientras algunos pueden interpretar esta necesidad –o compulsión– como algo impulsado por un ego ávido de validación o aprobación, creo que se trata de una aspiración interior que persigue ser uno con los demás, que es un deseo de encontrar un terreno común y vernos reflejados en el espejo de otro ser, de convergir, aún si sea por un breve y fugaz momento, en una unidad armoniosa.

Por ello creo que para la gran mayoría de los artistas el impulso de compartir nuestras creaciones es independiente del elogio o la recompensa monetaria que obtengamos. Todos los artistas necesitan dinero para continuar creando y casi todos aceptan con satisfacción el reconocimiento, pero en ausencia de éstos, persiste la necesidad de compartir con los demás y de difundir nuestra visión personal, de lo contrario el arte se convertiría en una búsqueda solitaria y frustrante.

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